La grandeza del movimiento feminista es que se adapta a los acontecimientos para sumar avances en su trayectoria imparable. Ante las restricciones de movilidad y de concentración de personas, la gran fiesta del feminismo, el 8M, sabe estar a la altura y se vuelca hacia lo local, lo que siempre quedaba relegado tras la gran pancarta.

Las mujeres de los barrios tendrán la oportunidad de vestirse con sus mejores galas violetas, para decir que están ahí, que son hermanas y que importan. No veremos en los medios las grandes plazas metropolitanas de siempre entonando cantos de rebeldía y sororidad, ni veremos a las asociaciones con sus banderas y sus pancartas grandes, sus megáfonos y sus gritos ensayados e impecables. Esta vez daremos paso a las más humildes, a las de sonrisa tímida y de cuerpos invisibles, que van
a estar, por una vez, protagonizando sus propios pasos con cantos y consignas feministas que salen del corazón.

Y nosotras nos sentiremos orgullosas y lloraremos con ellas de emoción al verlas disfrutar de ese día de la mujer, de poder decir al mundo su opresión, su miedo y su cansancio y también por una vez iremos detrás de ellas y sostendremos esos mismos gritos y anhelos. Y nos sentiremos felices de que a pesar de los pesares, tendrán amor y tendrán amigas y tendrán hermanas.